PALABRAS QUE NUNCA PRONUNCIÉ Game Download

En la vida de todo hombre hay mujeres que lo marcan para los restos.

Eso incluye a madres, esposas, hijas, amantes o cualquier otra variedad que se les ocurra.

En ocasiones, algunos individuos más o menos afortunados vislumbran claves ocultas, secretos de la vida a través de los ojos de esas mujeres.

Llegan a conocer mejor el mundo y a ellos mismos gracias a lo que ven o creen ver en la mirada de ellas, y también en sus actitudes, sus palabras y especialmente sus silencios.

Alguna vez comenté que nadie habla con silencios mejor que las mujeres.

O con palabras, cuando se ponen.

Pues bien, hoy quiero hablarles de una mujer que marcó mi vida.

Su nombre es Marina Soler, y junto a ella, aprendí a amar los videojuegos.

Por aquel tiempo yo era un joven tímido con la mochila llena de libros y cassettes del Spectrum.

Me habían tentado con la NES al poco de salir en España, y mis compañeros de afición resultaron ser unos jugadores brillantes.

Aquella máquina nos brindó incontables horas de felicidad, aunque finalmente fue Master System la elegida, mi primera consola.

Y con ella llegó Marina a mi vida, más sabia y experimentada que el resto de mis compañeros.

Ella me enseñó a mirar a través de sus ojos, y me llevó de la mano a algunos de mis primeros salones recreativos, mostrándome títulos que hasta entonces habían permanecido vedados.

Enseñándome, entre otras cosas útiles, parte de la historia que atesoraban los juegos, y pequeños trucos para progresar en cada aventura, proporcionando explicación y consuelo.

Sin Marina Soler, sin sus explicaciones y su inteligencia, sin su fe imbatible en los arcades clásicos, mi vida sería hoy, seguramente, muy distinta.

Con la mirada que esa mujer me inculcó pude escribir, varias décadas después, parte del libro de Mega Drive Legends.

Y tampoco, sin esa misma mirada, habría podido escribir más tarde las páginas de Super Nintendo Legends.

Hace algunos años, cuando firmaba libros en la tienda de Gigamesh, en pleno corazón de Barcelona, vi a Marina en la cola, aguardando paciente con un ejemplar entre las manos.

No la había vuelto a ver desde que era un joven imberbe, pero la reconocí en el acto: delgada, alta, tan seria como de costumbre.

Estoy lejos de ser un fulano de lágrima fácil; pero verla allí, como una más, me conmovió hasta el tuétano.

La cola de lectores no era excesivamente larga, pero había unas cuantas personas esperando su dedicatoria y yo tenía prisa por coger el tren.

Así que hice cuanto pude.

Hablé atropelladamente de lo mucho que aquel libro y mi vida le debían.

De la deuda inmensa y del indeleble recuerdo.

Ella asentía complacida de escuchar aquello, mientras yo garabateaba unas líneas apresuradas en la primera página en blanco.

Después la besé y me quedé mirándola un momento, con dolorida impotencia, antes de atender al siguiente lector que aguardaba.

Así la vi perderse entre la multitud, con el libro firmado que apretaba contra su pecho.

En aquel momento decidí que alguna vez, si lograba no ponerme demasiado sentimental, escribiría unas líneas como las que ahora tecleo.

Para decirle, al fin, lo que entonces no fui capaz.

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Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico.
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